VII- Siglo XIX: Romanticismo, Realismo e Impresionismo
El Romanticismo, el Realismo y el Impresionismo pueden considerarse los principales movimientos artísticos del siglo XIX, sobre todo, en la pintura.
El Romanticismo surge como reacción al Neoclasicismo a finales del siglo XVIII y se desarrolla de manera paralela a esta corriente. La producción romántica se extiende casi 100 años; su apogeo se sitúa entre 1815 y 1848, tomando como referencias históricas la vuelta al absolutismo tras el Congreso de Viena y las oleadas revolucionarias liberales en Europa.
Desde este punto de vista histórico, destacan las obras de los artistas franceses, que reflejan eventos contemporáneos. Entre ellos destaca Eugène Delacroix. Sus obras, como "La matanza de Quíos" (1824) o "La libertad guiando al pueblo" (1830), rinden tributo al espíritu heroico y liberal del pueblo durante esta época.
La pintura romántica inglesa da una especial relevancia al paisaje, muestran escenas naturales de atmósferas cambiantes. Así, artistas como William Turner representan momentos de tormentas y luces cambiantes.
En el resto de Europa, los pintores del Romanticismo mantienen el gusto por lugares alejados de la ciudad, recreando ambientes místicos y con aura misteriosa, como lagos fríos, acantilados junto al mar, cuevas o imponentes montañas. Los personajes, como se aprecia en "El caminante sobre el mar de nubes" de Friedrich (1818), proyectan una imagen enigmática, con gran capacidad de sugestión, dejando que sea el espectador quien otorgue cualidades a sus protagonistas e interprete de manera interna y reflexiva la escena.
El Realismo surge hacia 1850. Se trata de una reacción ante el agotamiento de las propuestas neoclásicas y románticas. Ante la idealización de los movimientos anteriores, los artistas del Realismo piensan que los temas mitológicos y los grandes eventos históricos no deben ser la inspiración del arte; ellos buscan reproducir la realidad cotidiana. Su interés se centra en las transformaciones sociales producidas por la evolución de la ciencia y, sobre todo, por la revolución industrial.
En contraposición al Romanticismo, las obras realistas suelen estar protagonizadas por personajes marginales. El Realismo muestra la sociedad de su época, anteponiendo el interés por reflejar el ambiente de su época a la elegancia estética. Este compromiso por denunciar la situación de la gente humilde hizo que este movimiento quedase vinculado al pueblo, especialmente, a la clase trabajadora, siendo rechazado inicialmente por la crítica de su época.
De este modo, el pintor más relevante de este período, el frances Gustave Courbet, fue rechazado en los salones oficiales de París. Ante esta situación y coincidiendo con una exposición universal en la capital francesa, Courbet montó un pabellón alternativo llamado "Realismo" donde expuso sus obras, como "El taller del pintor" (1855).
El Impresionismo es un concepto que se utiliza por primera vez en 1874 para hablar de un cuadro de Claude Monet titulado "Impresión, Sol Naciente" (1872). La obra formaba parte de una exposición de jóvenes artistas que habían sido rechazados en los salones oficiales, por lo que el término "impresionista" fue usado inicialmente como algo despectivo entre la crítica de la época.
A nivel temático, los artistas impresionistas tratan de captar escenas de realidad cotidiana. A diferencia de los realistas, no prevalece la función de denuncia social, sino que se busca atrapar situaciones de manera instantánea, sin añadir mensajes morales. Así, autores como Monet, Renoir o Degas, muestran paisajes y escenas urbanas que son realizadas en el mismo lugar, fuera del taller.
Los impresionistas quieren capturar el momento, la luz, los colores y las sensaciones, como si se tratase de una fotografía.
Este método de trabajo también se traduce en una técnica nueva y transgresora, que desafía todas las propuestas anteriores. Prescinden del dibujo y utilizan pinceladas sueltas y fragmentadas, con toques sueltos. Los colores no se mezclan, sino que se yuxtaponen sobre el lienzo; en ocasiones, aplican directamente la pintura desde el tubo, creando texturas y vibraciones pastosas sobre la superficie. El resultado es tan diferente a los movimientos anteriores que se llega a acusar a los impresionistas de presentar cuadros que no están acabados.
De manera intuitiva, el Impresionismo trabaja el color usando teorías que serán desarrolladas en décadas posteriores por la ciencia, en concreto, por las leyes ópticas y la escuela de la Gestalt; en ellas se explica que el ojo humano es capaz de interpretar elementos aparentemente inconexos para crear un todo.
Así, el artista impresionista no pretende pintar las escenas con detalle, sino la impresión visual que esos instantes transmiten a través de la luz y del color.


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